22.1.11

Hay que ver lo mal que está el mundo.

Queridos lectores,
supongo que muchos de vosotros conoceréis a Justin Bieber. Sí, ese chaval de dieciséis años que en cuestión de meses se ha vuelto un fenómeno mundial y una estrella del bubblegum pop. Yo no tengo nada contra este chico, me parece muy bien que cante y que a la gente le guste, yo lo respeto. Pero ahora, el susodicho empezó a insultar a cantantes y grupos de otros estilos de música, por ejemplo, creyéndose el Kurt Cobain de la nueva generación (y aquí Kurt se revolvió en su tumba...así nadie puede descansar en paz!), y mandando cartas a James Hetfield (Metallica) diciendo que su música era oscura y volvía a los adolescentes malos, y que en cambio él cantaba a la paz, al amor y a los niños de África. Vamos a ver, ¿qué es esto? O sea, que tú pides respeto a todos los que insultan tu música y luego menosprecias a los demás, dándoles consejos sobre cómo tienen que hacer su música, cuando llevan en la industria musical desde antes de que tú nacieras? En fin, cosas como estas hacen que me avergüence de ser de su misma generación.

No contentos con esto, las fans del susodicho, llamadas Beliebers, se dedican a pregonar a los cuatro vientos lo buenorro que está, lo bien que canta, y lo gilipollas que es la gente a la que no le gusta. Un claro ejemplo lo tenemos aquí en España, veámoslo:


En fin, no sé a dónde estamos llegando. "Argumentar" una defensa con insultos no es eficaz, es patético. Pero bueno, hay gente tan cerrada de mente que no ve más allá de su propio ombligo. Y esto, lectores, es lo más triste. Que pedimos respeto, pero no respetamos lo diferente. Pedimos tolerancia y no toleramos a quien nos contradice. Queremos que el mundo sea como a nosotros nos gustaría, pero no nos damos cuenta de que si todos fuéramos iguales, si a todo el mundo nos gustara lo mismo, el mundo no tendría sentido. Porque en la diferencia está el gusto, en la diferencia está la variedad. Y la variedad hace que este mundo sea un mundo relativamente decente, porque si todos fuéramos clones...la vida como tal desaparecería. Pensadlo.

16.1.11

No voy a ser un juguete más de la sociedad.

¿Qué quieres? ¿Que sea una guarra y una salida para caer bien a la gente? Eso es caer muy pero que muy bajo y va contra mis principios, porque yo no necesito nada de eso para ser feliz, yo no necesito sentirme como un objeto sexual; porque eso es de ser una guarra, puta, salida, ocomoquierasllamarlo, y yo no soy nada de eso. Y a los tíos os encanta, porque os encanta que las tías os lo pongan fácil, pero qué quieres que te diga, si un tío no se lo curra por mí, es que no merece la pena. Y me da igual que bese de puta madre, que folle de puta madre, que sobe de puta madre, si no me hace sentir como la mujer más maravillosa del mundo, ¿qué sentido tiene lo demás? Si me trata como un objeto, el placer se lo lleva él, no yo. Y no necesito probarlo para saber que eso es cierto.

¿Y qué gano yo con eso? Un rollo de una noche. Pero no, eso no es amor. Y las caricias sin amor no son caricias. Y los besos sin amor no son besos. Y dirás, ¿qué haces buscando el amor a los dieciséis años? ¡Sal y diviértete! Porque ese es el mayor error que comete la gente, decir que soy demasiado joven para buscar el amor. Pero el amor no entiende de edades, ni de condiciones sociales, ni de nada. El amor aparece cuando menos te lo esperas. ¿Y me dices que me divierta? ¿Que necesito liarme con muchos chicos para divertirme? ¿Que no puedo vivir esperando a mi príncipe azul por siempre? Dirás que vivo en un mundo utópico, que no puedo quedarme así por siempre, que necesito saber lo que se siente yéndote de fiesta y consiguiendo chicos a diestro y siniestro. ¿Y qué pasa si no quiero? ¿Y qué pasa si yo soy diferente? ¿Y qué pasa si yo no quiero ser una copia?

Podrás decirme que el hombre perfecto no existe. ¿Y si resulta que ya lo he encontrado?

15.1.11

Take my hand.


-¿A dónde vamos?
-A ser felices. ¿Me acompañas?

25.11.10

Chemicals react.

Todo en esta vida se basa en la química. Nosotros somos compuestos químicos, todo lo que nos rodea está formado por elementos químicos. Hasta las partículas más insignificantes son partículas químicas. No es erróneo afirmar, por tanto, que la química es la base y motor del mundo.


Por esta regla de tres, el amor es química. Y es que el amor es producto de múltiples y sucesivas reacciones que dan lugar a un determinado producto, diferente en cada persona, despertando así sentimientos en su interior.


No hay dos productos iguales, de la misma manera en que no hay dos personas iguales. Es por ello que las historias de amor son todas diferentes, porque no existen dos personas que reaccionen igual al amor. Los hay que reaccionan de forma similar, en este caso esas personas tienden a acercarse, y decimos que se han enamorado. Y, por el contrario, pueden reaccionar de forma completamente diferente, entonces decimos que no se soportan o que son “incompatibles”. Pero no todo se reduce a estos dos casos; ojalá, así sería mucho más sencillo. Nos ahorraríamos muchos malentendidos, muchos amores no correspondidos y muchos corazones rotos.


El amor debe comenzar siempre con una “chispa”, es decir, la atracción. Si no hay atracción no hay ningún deseo de acercamiento entre el uno y el otro, y no se puede dar la reacción que llevará al amor. Se diferencian dos tipos de atracción: por un lado, la atracción física, externa, superficial, y altamente cambiante; y la atracción química, profunda, interior, directa al corazón (por eso cuando hay una fuerte conexión entre dos personas, decimos que “hay química” entre ellos). Esto no quiere decir que sólo existan dos tipos de amor, al contrario, hay seis mil millones de maneras de amar, ya que cada persona percibe y transmite el amor de manera única, personal, y esta percepción está compuesta por una proporción variable de los dos componentes.


Quizá por esto el amor sea un tema tan difícil de definir y de tratar. Porque es algo tan cambiante, tan subjetivo, que nadie puede dar una descripción objetiva de lo que es. Si lo abordamos desde un punto de vista meramente científico, llegamos a la conclusión de que el amor no es más que una “fórmula química”, pero es una fórmula que nadie ha sido capaz de postular, y mucho menos sintetizar artificialmente en un laboratorio. Si, por el contrario, tomamos como cierta la teoría de que el amor es algo puramente psicológico, significa que el amor no es más que “algo” en nuestra cabeza, como si fuera un síntoma de una terrible enfermedad. De todas formas, como la psicología tiene un alto porcentaje de biología, y la biología no es más que química aplicada, volveríamos otra vez al punto de inicio.


Por consiguiente, hemos definido el amor como una serie de reacciones químicas que, dependiendo de la persona, dan lugar a unos productos u otros. Y, entonces, ¿son estos productos los que hacen que el corazón se ponga a cien cuando ves a tu enamorado/a? ¿Los que hacen que tus mejillas se ruboricen y que en tu rostro aparezca una sonrisa con solo pensar en esa persona?


Al fin y al cabo, el rubor de las mejillas o el aumento del pulso cardiaco no son más que órdenes que da el cerebro a los correspondientes órganos. Y estas órdenes cerebrales son producidas por el modo en que tienen lugar las conexiones sinápticas entre las neuronas, reguladas por los neurotransmisores. Y estos neurotransmisores, al igual que las hormonas segregadas por las diferentes glándulas en nuestro cuerpo, que cumplen una muy importante función al regular todos los procesos bioquímicos que tienen lugar en él; varían de unas personas a otras, dando lugar a diferentes sensaciones, percepciones y estados de ánimo. Es por eso que estas diferencias fisiológicas entre personas dan lugar a una diferente respuesta ante el amor.


En conclusión, no es descabellado afirmar que el amor tiene una explicación perfectamente lógica y racional, y que, al ser cada ser humano diferente, es distinto en cada persona. Por ello sintetizar una fórmula para el amor sería una tarea prácticamente imposible, debido a la complejidad de la “reacción” y a los múltiples factores que se ven envueltos en el proceso.

13.11.10

Atracción, repulsión, atracción, repulsión...

He tardado muchos años de mi vida en llegar a comprender que si me gustan los hombres es precisamente porque no les entiendo. Porque son unos marcianos para mí, criaturas raras y como desconectadas por dentro, de manera que sus procesos mentales no tienen que ver con sus sentimientos; su lógica, con sus emociones, sus deseos, con su voluntad, sus palabras, con sus actos. Son un enigma, un pozo lleno de ecos.

Se habrán dado cuenta de que esto mismo es lo que siempre han dicho los hombres de nosotras: que las mujeres somos seres extraños e imprevisibles. Definidas socialmente así durante siglos por la voz del varón, que era la única voz pública, las mujeres hemos acarreado el sambenito de ser incoherentes e incomprensibles, mientras que los hombres aparecían como el más luminoso colmo de la claridad y la coherencia. Pues bien, de eso nada: ellos son desconcertantes, calamitosos y rarísimos. O al menos lo son para nosotras, del mismo modo que nosotras somos un misterio para ellos. Y es que poseemos, hombre y mujeres, lógicas distintas, concepciones del mundo diferentes, y somos, las unas para los otros, polos opuestos que al mismo tiempo se atraen y se repelen.

No sé bien qué es mujer, de la misma manera que no sé qué es ser hombre. Sin duda, somos identidades en perpetua mutación, complejas y cambiantes. Es obvio que gran parte de las llamadas características femeninas o masculinas son producto de una educación determinada, es decir, de la tradición, de la cultura. Pero es de suponer que la biología también debe de influir en nuestras diferencias. El problema radica en saber por dónde pasa la raya, la frontera; qué es lo aprendido y qué lo innato. Es la vieja y no resuelta discusión entre ambiente y herencia.

Sea como fuere, lo cierto es que hoy parece existir una cierta mirada de mujer sobre el mundo, así como una cierta mirada de varón. Y así, miro a los hombres con mis ojos femeninos y me dejan pasmada. Me asombran, me divierten, en ocasiones me admiran, a menudo me irritan y me desesperan, como irrita y desespera lo que parece absurdo. A ellos, lo sé, les sucede lo mismo. […] A veces se diría que no parecemos a la misma especie y que carecemos de un lenguaje común.

El lenguaje, sobre todo el lenguaje, he aquí el abismo fundamental que nos separa. Porque nosotras hablamos mucho y ellos hablan muy poco. Porque ellos jamás dicen lo que nosotras queremos oír, y lo que nosotras decimos les abruma. Porque nosotras necesitamos poner en palabras nuestros sentimientos y ellos no saben nombrar nunca lo que sienten. Porque a ellos les aterra hablar de sus emociones, y a nosotras nos espanta no poder compartir nuestras emociones verbalmente. Porque lo que ellos dicen no es lo que nosotras escuchamos, y lo que ellos escuchan no es lo que nosotras hemos dicho. Por todos estos malentendidos y muchos otros, la incomunicación entre los sexos es un perpetuo desencuentro.

Y de esa incomunicación surge el deseo. Siempre creí que a lo que yo aspiraba era a la comunicación perfecta con un hombre, o, mejor dicho, con ese príncipe azul de los sueños de infancia, un ser que sabría adivinarme hasta en los más menudos pliegues interiores. Ahora he aprendido no sólo que esa fusión es imposible, sino además que es probablemente indeseable. Porque de la distancia y de la diferencia, del esfuerzo por saltar abismos y conquistar al otro o a la otra, del afán por comprenderle y descifrarle, nace la pasión. ¿Qué es el amor, sino esa gustosa enajenación; el salirte de ti para entrar en el otro o la otra, para navegar por una galaxia distante de la tuya?


-Rosa Montero

27.10.10

Even though you mean so much to me.

Te das cuenta de que estás enamorada de alguien cuando llega otra persona a tu vida y esa persona se enamora de ti, pero tú no puedes corresponderle porque hay una fuerza interna, en tu corazón, que te impide hacerlo, una fuerza que aumenta exponencialmente lo que sientes por esa persona de la que no creías haberte enamorado, y sin embargo, lo estás. Y no quieres herir a tu pretendiente, porque es una estupenda persona. Y esa persona especial sigue rondando tu mente, aunque sepas que él no siente nada por ti excepto quizás una gran amistad. Aunque esa persona viva a muchos kilómetros de distancia y haga meses que no la ves. Y tratas de encontrar una explicación lógica a por qué no puedes corresponder a ese alguien que se enamoró de ti. Pero no la hay. No hay ningún motivo por el cual no puedas hacerlo. Y sin embargo, estás amarrada, aun inconscientemente, a una persona que ni siquiera sabe qué es lo que sientes por él realmente. Y no sabes cómo explicar la situación a ninguno de los dos, porque piensas que te has ido a enamorar del equivocado. Y tienes miedo de romper dos corazones, uno tuyo y otro ajeno. Y no sabes cómo salir de este dilema, y cada día que pasa sientes algo más y más grande por aquel que no te corresponde. Y sonríes estúpidamente cada vez que te contesta un mensaje, mientras que el otro se desespera porque no sabe cómo alcanzarte.

Porque ni siquiera yo sé cómo explicarme, ni explicar esto que siento. Porque estoy colgando de un hilo que, aunque tú no lo sepas, me ata a ti. Inevitablemente. Y lo mejor de todo es que no tienes ni idea de lo que siento. Pero he acabado cayendo, como una estúpida. A pesar de que me prometí no volver a pillarme por un chico que viviera lejos. Aun así, lo sigo haciendo. Y por ello temo hacer daño a otra persona, que sí que siente algo por mí. Porque tu presencia es tan grande que no puedo fijarme en alguien más si sigues tú ahí. Porque me estaría engañando a mí misma, y engañándole a él. Y acabaríamos todos destrozados, todo por mi manía de complicar las cosas hasta el extremo.


¿Estamos tontos? No, somos humanos.

16.10.10

Meses y meses más tarde.

Digamos que te echo de menos. Que cada día me levanto con una sensación de vacío sabiendo que tú no estarás allí cuando baje a desayunar. Que pasará otro día más sin ver tu sonrisa, sin escuchar tu voz. Que todo es distinto desde que tú no estás. Que todo lo que pasó parece difuso, que todo es un vago recuerdo de algo que parece que sucedió años atrás.

Digamos que los inviernos son más largos sin ti. Que los días se alargan y alargan, y que aún quedan meses y meses y meses para volverte a ver. Que la única manera de comunicarnos es con un aparato entre medias. Que lo único que espero es abrir mi bandeja de entrada y encontrarme un mensajito tuyo.

Digamos que en ti encontré a alguien en quien confiar, alguien parecido a mí. Que puedo contarte mis cosas, mis pensamientos. Que entiendes mis rayadas. Que me escuchas a pesar de todo. Que me conoces perfectamente, mejor que yo a mí misma. Que eres realmente sorprendente. Y que me haces sentir como nunca antes me había sentido.

Porque meses y meses más tarde, aún te sigo teniendo presente. Como en aquellas tardes de verano.

6.10.10

Dirty Little Secret.

Tras dieciséis años de vida, he llegado a la conclusión de que no me conozco a mí misma. O al menos, no tengo ni idea de cómo funciona mi cabeza.
Soy incapaz de olvidarme de ti, de ti, de ti y de ti. A pesar de que en mi mente y en mi corazón haya nuevos inquilinos, el recuerdo de los antiguos sigue presente durante días, semanas, meses, incluso años. Aún trato de hacer contacto visual contigo cada vez que te veo de lejos. Aún intento llamar tu atención de alguna forma. Y aunque las cosas han cambiado, y aunque mi corazón (supuestamente) te olvidó, no puedo dejar de pensar un mínimo de tiempo en ti. Y si te veo con otra la furia invade mi cuerpo, es un acto reflejo, no lo puedo controlar. Y si me sonríes, siento el impulso de sonreírte, y si me hablas no puedo evitar no pasar de ti.


Porque tu recuerdo está tan presente y es tan fuerte, que por mucho tiempo que pase, será imposible borrarlo. Pasar página nunca se me dio muy bien, y las chispitas de lo que llegué a sentir por ti siguen encendidas, debatiéndose entre apagarse definitivamente o avivarse de nuevo.